Si algo tienen en común la mayoría de empresas que están dando sus
primeros pasos es la falta de dinero. Acceder a financiación no es
fácil pese a las ayudas que ofrece el Gobierno a través de las Líneas ICO-PYME
y la actual crisis financiera no hace que la tarea sea precisamente más
fácil. La respuesta lógica de muchos emprendedores es perpetuar el
estereotipo más clásico del empresario o lo que es lo mismo, suplir esa
falta de dinero con una mayor inversión de tiempo siempre que sea
posible. A partir de ese momento corre el riesgo de, sin darse cuenta,
vivir por y para su empresa, sin apenas tiempo libre para disfrutar de
amigos, familia y, si todo marcha bien, del éxito de su empresa.
La mayoría de emprendedores no suelen ser expertos gestores
financieros y sus conocimientos sobre contabilidad o fiscalidad también
suelen estar limitados. Sin embargo, todavía son pocos los que optan
por contratar un profesional para esas tareas. Lo más normal suele ser
emplear todo el capital disponible en desarrollar la idea de negocio:
procesos productivos, compra de materiales, distribución… De esta forma
la mayor parte de la carga administrativa recae sobre el emprendedor o
emprendedores.
El problema de este sistema de distribución de las
tareas termina casi siempre convirtiéndose en una losa porque consume
un tiempo precioso que podría dedicarse a otras tareas realmente
relacionadas con el negocio.
Al principio las tareas administrativas y contables pueden parecer
sencillas e incluso es recomendable que el emprendedor se adentre un
poco en ese mundo para tener unos conocimientos generales al respecto,
pero conforme avance la empresa ese modelo será cada vez más
insostenible por el aumento de la carga de trabajo. Al final un día
tiene 24 horas y por mucha dedicación que se tenga llega un momento en
el que hay que buscar ayuda, aunque esto implique tener que desviar
parte de los fondos a tareas ajenas al propio desarrollo del negocio.
Pocos emprendedores aceptan este cambio ‘de buenas a primeras’ y sólo
claudican cuando realmente se ven obligados a ello por falta de tiempo
físico. Sin embargo, esperar tanto no siempre es la mejor opción.
Evidentemente durante los primeros pasos de cualquier compañía el
dinero puede suponer un problema por su escasez, mientras que el
tiempo, aunque también limitado (el día sólo tiene 24 horas) es un
recurso más accesible Pero hay que tener cuidado con perpetuar este
esquema y aprender a valorar el tiempo en su justa medida. Un método
para saber cuánto vale nuestro tiempo pasa por seguir el mismo proceso
que se lleva a cabo para establecer el precio del producto o servicio
que la empresa comercialice. En este caso no hay materiales físicos con
los que establecer un coste, pero sí se puede estimar la productividad
de una hora de trabajo. Una vez se sabe cuánto cuesta una hora nuestro
trabajo se puede empezar a comparar con el coste, por ejemplo, de
subcontratar la parte administrativa o de realizar tareas ‘adyacentes’
al negocio. Llevado a un extremo, incluso se puede utilizar para
determinar si ‘compensa’ económicamente tomarse un respiro por lo menos
unas horas al día. Y es que otro de los males del empresario es que
muchos terminan viviendo para trabajar y no trabajando para vivir. Es
decir, esclavos de su propio sueño.
Fuente: http://www.bbvaopentalent.com/




